Antes de que la mojigatería impregnara nuestra civilización y nuestra sociedad con su histrionismo, dando lugar a que el mundo pequeño y emocional, el de los detalles cotidianos, fuese no una alternativa legítima sino el único mundo posible, convirtiéndose así en un patrón tirano, en un ente totalitario y, desde luego, el único políticamente correcto. Antes de que se criminalizaran valores tan escasos y tan dignos de encumbrar, a la par que útiles para la sociedad como el heroísmo, machacado desde la mojigatería redundante con la martilleante cantinela del eso es por exceso de testoterona, resultaba ser que la literatura -y no digamos la historia- era esencialmente épica. Los primeros textos literarios que se recuerdan, ni son prosa ni mucho menos poesía; son, precisamente, épica. Lo que interesaba, lo digno de resaltar, aquello sobre lo que merecía la pena glosar era, sobre todas las cosas, la gesta heroica, porque acercaban al hombre a la divinidad. Le hacían ser menos animal, trascender, ser algo sublime; en definitiva, un semidios. No otra cosa es el Mahabarata indú, de varios siglos A.C, y del mismo tono épico participa nuestro Mío Cid (S. XI). Luego, cuando se empieza a producir un bienestar progresivo, surge el Humanismo (S. XV) y tras un tiempo, éste se exacerba dando lugar al Romanticismo (S. XIX). Para entonces, ya se había invertido el rol principal en la literatura, pasando a prevalecer la prosa y la poesía sobre la épica que casi se extinguió (está la excepción del Martín Fierro de finales de ese siglo), pues el mundo ya no necesitaba héroes. Con excepción de las dos grandes guerras del S. XX, ni historiadores ni literatos se interesaron por ellos. No eran necesarios. Es más, los excesos de la tecnología se encargaron de multiplicar el número de muertos y de liquidar todo resto de honor. La batalla, estaba perdida. Y por si fuera poco, los nuevos héroes no eran sino los que diseñaban complejas máquinas que permitían hacer casi todo, ganando partidas imposibles a la naturaleza...
Pero hace poco se nos ha recordado que no, que ni la tecnología "de la paz" es infalible (la otra tampoco), ni los héroes son prescindibles. Hace poco, algunas semanas sólo, nos han recordado algo que no se enseña ya en las escuelas, ni en las familias, al menos no en el trozo de planeta que habitamos; algo como que unos pocos, apenas sin nada, se sacrifican para salvar a muchos. En Fukushima, un grupo de ingenieros y operarios, de bomberos y militares, algunos de ellos jubilados ya, todos de bastante edad para que el cáncer que saben que van a desarrollar avance con más lentitud, todos ellos voluntarios y conocedores de los peligros de la radioactividad, poseedores del escaso gen de las Termópilas, se jugaron su vida, para perderla próximamente, y para contradecir a la historia poniendo en evidencia al mundo blandito en que vivimos y para recordarnos, porque hacía falta que nos refrescaran la memoria, que no importa tener un coche más potente y que tampoco hay que perder la cabeza porque las cortinas no combinen ahora con la pintura nueva. Que lo importante, lo verdaderamente importante, lo que puede hacer que valga la pena seguir creyendo un poco en la humanidad, es la muestra de sacrificio de unos pocos en beneficio de la mayoría.

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