jueves, 18 de noviembre de 2010

Parte Amistoso

 


Ahora que tenemos a nuestros hospitales en obras, que parecen que les van a poner tranvía hasta la puerta, me viene a la cabeza un hecho que siempre me llamó la atención. Se trataba de que, cuando tenía algún pleito de construcción y era preciso demandar a arquitectos y aparejadores por su posible responsabilidad, éstos, los profesionales, apenas se defendían; no tenían ninguna picardía en sus contestaciones cuando se les interrogaba. Les daba igual que los condenaran o que les absolvieran, porque no iban a ser ellos los que pagaran ni sufragaran las posibles reparaciones y sus indemnizaciones, sino su compañía aseguradora, a la que por cierto todos abonan importantes primas. Si resultaban absueltos, la mayor parte de las veces era por el notabilísimo mérito de sus defensores que son también asesores de los Colegios respectivos, y unos excelentes profesionales por cierto.
Diríase que arquitectos y aparejadores trasladaron a su modus vivendi la posibilidad o el riesgo de ser demandados por el ejercicio de su profesión, de un modo parecido a como si tuvieran un leve accidente de tráfico y hubiera daños a otro vehículo. Se rellena el parte amistoso, y en paz. “Que pague la compañía, que para eso está y a mí me cuesta un buen dinero el seguro”, parecían pensar...
Esa condena en absoluto influía en perder trabajos o proyectos; seguían trabajando, y los promotores eran los primeros que lo consideraban como gajes del oficio. Venían a decir con su actitud que siempre hay algo en la construcción que no sale bien: o unas grietas que afean la fachada, o una rampa de acceso al garaje que es demasiado estrecha, o alguna filtración que no se sabe bien atajar o mil cosas más.
Tan sabio proceder no está extendido a todas las profesiones cuyo desempeño es capaz de producir de forma bienintencionada un daño en otros. Pero a la que menos extendido está, es sin duda a la profesión médica. Si es difícil ser arquitecto o aparejador, desde luego más difícil es ser médico. “En medicina dos y dos no son cuatro”, se apresuran a decir los facultativos; aunque a veces salen cuarenta y cuatro...
Si aceptamos que cuanto más difícil es aprender y ejercer una determinada disciplina más fácil será cometer errores, tendremos que aceptar también que donde más se producen es precisamente en el campo de la medicina. O eso me llegó a reconocer un importante neuropediatra de Madrid; en privado, naturalmente…
Siempre me llamó la atención, digo, la nula -que no escasa- disposición de los médicos a reconocer un error, pese a que muchos de ellos vienen forzados por las malas prácticas que les imponen los gerentes de los hospitales (o sea por las presiones y los objetivos desmesurados que les intentan hacer cumplir), u otras circunstancias como fallos en el personal subordinado. Por ejemplo, en cuanto a lo primero, no se puede examinar detenidamente un feto realizándole una ecografía a la madre durante la gestación, si se emplean en ello dos minutos; se necesitan treinta (30) según los Protocolos de la SESEGO (la “Sección de Ecografía de la Sociedad Española de Ginecología y Obstetricia”) para reducir los errores al mínimo. ¿Y a qué embarazada le han hecho en Seguridad Social una ecografía de media hora? Pues a ninguna… Y en cuanto a lo segundo, me contaba un excelente médico que a veces, cuando envían sangre al laboratorio para ser analizada y detectar algún tipo de infección, en no pocos casos el tubo se ha quedado olvidado en el bolsillo de la bata de algún celador, estropeándose la muestra y siendo necesario repetirla horas después. Pero esto ellos no lo dicen, ni lo trasladan al paciente o a sus familiares –incluso asociaciones-. Algunos incluso asumen las culpas del sistema sanitario o de otros, cuando no afirman sin más aquello del “yo no me equivoco”. En este punto demuestran ser poco inteligentes. 
Mientras los médicos no asuman la “cultura del parte amistoso”, seguirá habiendo situaciones kafkianas como la de sufrir el daño por una mala atención sanitaria, puede que no estrictamente médica –ya digo-, y sin embargo dar lugar a que la familia batalle en los tribunales durante años, a menudo sin éxito, por la dificultad en obtener buenos dictámenes facultativos contrarios al proceder “correcto” del actuante y por la propia inercia de algunos tribunales en aplicar doctrinas contrarias a la del Tribunal Supremo exigiendo la demostración palpable de la culpa…
Es para pensar, vaya.

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