Me había negado a escribir sobre este tema. Pero es que ya no puedo más. No lo aguanto. Es insoportable, y creo que me hará bien desahogarme… Veamos: antaño, el protagonismo social estaba reservado para quienes destacaban en la comunidad para bien de todos (no sólo para sí mismos), ya fuera en el ámbito de la ciencia o en la milicia, en las artes y por supuesto también en la ayuda a los demás. Esto lleva siendo así milenios, que no siglos. Julio César, Miguel Angel, Bach, Dostoyevski, Vicente Ferrer… y muchos más han escrito las más brillantes páginas de la humanidad. Tanto tiempo llevaba esto siendo así (insisto: milenios), que ahora nos sorprende a algunos que algo tan básico y tan sólidamente asentado haya podido cambiar. Como si un Dostoyevski se improvisara o no tuviera valor, si ahora preguntáramos a cien personas elegidas al azar que quién es el escritor ruso y quién cierta señora enferma de narcisismo, que recientemente se ha operado la nariz, que está todo el tiempo en televisión anunciando sus divorcios y sus reconciliaciones, seguro que muchos desconocerían al primero pero ninguno a la segunda…
Alguien dejó que lo chabacano, que había estado proscrito, adquiriese una relevancia social a todas luces inmerecida. Porque “chabacano” significa eso precisamente: “de mal gusto”. Y mal puede tener reconocimiento social lo que es de mal gusto, por ser conceptos antagónicos. No sé quién descubrió o puso en marcha el otorgarle reconocimiento social a lo vulgar, pero sí sé que flaco favor le hizo a la Humanidad. No me vale señalar a los gladiadores de la antigua Roma, porque ésos se jugaban la vida, y sus hipotéticos y televisivos equivalentes actuales son cobardes por naturaleza. Por tanto, quien quiera que fuese, desde luego no figurará en la misma lista que Alejandro Magno, Da Vinci, Wagner, Flaubert o Teresa de Calcuta. Pero ha habido tantos reinventores de ese engendro social (concederle mérito a lo chabacano y al morbo para después publicitarlo) como ahora hay una auténtica legión de mindundis televisivos de pago que lo ejecutan con singular maestría y enorme rentabilidad económica para sí mismos. En este contexto, un país que vive entregado a si tal o cual señora se opera la nariz, forzosamente fracasará en su modelo educativo y productivo, y mal podrá dar al mundo –por ejemplo-- muchos premios Nobel de Medicina o de lo que sea. No en balde en toda nuestra historia hemos tenido sólo 7 para un total de 46 millones de habitantes, por –asimismo por ejemplo- 170 premios Nobel la comunidad judía (más del 20% del total mundial de premios) con una población repartida por el mundo de tan sólo 13 millones. Es decir, que por cada español a quien se le concede el Premio Nobel, tenemos a más de 85 judíos a quienes se lo otorgan. Es para pensar, no cabe duda, si la gran abundancia de premios Nobel obtenidos por judíos radica en la predisposición y actitud de querer acceder a la cultura, no los menos sino la mayoría; si radica en la postura frente al conocimiento, al ansia de saber y progresar. Tras su persecución secular por parte de casi todos los pueblos, el acceso a los más altos niveles en la educación y la cultura pudo y puede tener como motivo el afán de revancha, el ansia de superación, de cultivarse, de competir y de sobrevivir. Sólo así se explica que nos los encontremos en todos los ámbitos de la cultura y ciencia humanas: Freud, Einstein, Marx (Karl y Groucho), Bohr, Kafka, Mahler, Woody Allen, Baremboim, Rubinstein, Zimmerman, Spielberg, Klemperer…
Vivimos en un país cultural y educacionalmente enfermo, que ha sido perseguidor, no perseguido. Que está situado entre el Mediterráneo y el Atlántico, en una de las zonas climáticamente más suaves y dulces del planeta, donde todo es más fácil que en el resto del Mundo. ¿Por qué habríamos de preocuparnos, cada cual en la medida de sus posibilidades, por ganarnos ese reconocimiento social con esfuerzo, si quien ya ganaba cuatro veces más que el presidente del gobierno ha aumentado su caché con sólo operarse la nariz? “Lo que hay que hacer, es intentar vivir del cuento…”. Ése es el mensaje que reciben nuestros jóvenes, a los que pedimos que estudien y se hagan adultos de provecho, con muy poco éxito por cierto.
Sí, la Comunidad judía no tiene una “Reina de San Blas”. Algunos dirán: “Que se fastidien, por muermos”. Mientras tanto no sería raro ver a la señora ésa cualquier día con un pañuelo palestino al cuello o algo similar. Pero cobrando, claro; porque, como parecen ignorar algunos de sus seguidores, ella, tonta del todo, no es.
Hombre, cómo me sorprende verte enredando con la informática, los blogs y todos esos líos, pero al mismo tiempo me alegro porque veo mucho talento sin explotar. Ya tienes un seguidor más.
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