Soy muy poco original, lo confieso. Quizá por peinar canas desde hace ya algunos años, me encuentro entre esa gran mayoría que tiene predilección por la tranquilidad, y que sólo soporta que ésta se vea perturbada por una buena causa; por ejemplo, sí por el sonido estruendoso de una ambulancia de madrugada en un servicio de emergencia, pero no por el ejercicio no menos estruendoso y extemporáneo de “El Botellón”. Este apego por la tranquilidad es seguramente uno de los sentimientos más generalizados que conozco. Sin embargo, por alguna razón, nuestras administraciones más próximas tienden a obviarla en cuanto tienen ocasión. De hecho creo que a menudo los munícipes se ven a sí mismos como “promotores amateur” por un tiempo, y emprenden una carrera loca por construir lo que sea, con tal de que moleste. Si molesta mucho, mejor, porque entonces la obra será mayor y –en su cabeza- más meritoria. Léase: el tranvía de marras.
Por algún motivo, no sólo poco claro sino hasta bastante oscuro (aunque otros dirían que más claro de la cuenta), los munícipes de varias ciudades se han lanzado a la piscina con el fin de hacernos –según ellos- la vida más fácil con ese medio de transporte cuidando a la vez del medio ambiente… Bueno, que la que hay montada ahora en Jaén sea para hacernos la vida más agradable es discutible. Sobre todo porque el que tanta “bondad” tenga que pasar por el sufrimiento crónico que provocan las obras para su instalación, no tiene perdón.
Debería reformarse la legislación de régimen local, de modo que sólo se permitiera realizar estas obras de envergadura, si previamente se contara con el visto bueno de un porcentaje apreciable de los vecinos afectados. No digo el 50% por permitir cierto margen a la renovación, pero sí algo similar. Con ello se evitaría, aparte de un gasto innecesario (existen ya unos autobuses eléctricos francamente buenos), el insoportable ruidazo de las obras, las calles cortadas, el tener que cruzar de un lado a otro por sitios inverosímiles jugándose el tipo, y mantendríamos por el contrario el acceso a las comodidades de la ciudad que antes teníamos y que, por algún motivo, se empeñan en sabotearnos cada vez que nos colocan una “gran obra” por pura vanidad de político de tercera. Al menos los de antes, como el Senador Lucio Catilina, enfrentado a Cicerón y a Catón en el Siglo I A.C., tenían la gallardía de jugarse su suerte no sólo en la arena política sino también en el campo de batalla, y perderla. Los de ahora… ¡Ah, los de ahora…! Los de ahora sólo pierden el bastón de la alcaldía y unos sesenta mil euros al año. Pero siguen con aspiraciones de enredar y volver a ser “promotores amateur” para jugar a los faraones o al Monopoly. Dicen que por nuestro bien, eso sí. Unos desagradecidos y unos quejicas, es lo que somos…
No hay comentarios:
Publicar un comentario