Hace poco me contaba en el despacho una maestra de educación infantil, un incidente que tuvo con el padre de uno de sus alumnos, de cinco años (el padre, no el niño, aunque creo que son de edad mental parecida). Al parecer el progenitor de este chiquillo amenazó con denunciarla porque un día lo recogió del colegio y notó que tenía un poco de sangre seca en la nariz. Eso –dedujo él- era el resultado de una agresión causada por otro niño, habiendo ocurrido todo bajo la supervisión de la maestra. Pero ni él vio la agresión, ni ésta se produjo, ni nada por el estilo: la sangre probablemente se provocó en un lance de juego infantil, mientras que la agresión fue una creación de su mente. Pero no contento, llegó más lejos: le habló a voces a la profesora delante del director y, lo que es peor, delante de su propio hijo, que días después en clase estuvo desafiante con la maestra. “Seguro que es hijo único”, le dije. Me contestó afirmativamente, extrañada de que acertara, y añadió que días después el director conminó al padre a pedirle disculpas a la maestra delante del hijo, lo que así ocurrió, volviendo las aguas a su cauce. Me dio no poco que pensar el suceso en cuestión. Había oído, y tenía entendido, que la situación en los institutos se había vuelto muy difícil en algunos casos, y prueba de ello han sido ciertos sucesos ocurridos en un instituto de Toledo, donde cuatro alumnos de 17 años amenazaron a su profesora con violarla y matarla.
Antaño el profesor estaba sólo un escalón más abajo que Dios, Alá y Yahvé. Por algún extraño motivo, en alguna parte y en algún momento, se produjo un giro de 180º y pasó a ser un siervo al que se le hace responsable de la crianza de los hijos, y pobre de él como lo haga mal o no tan bien como deseamos nosotros. ¿Qué ocurrió? Es difícil decirlo. Sobre todo porque hay muchos factores, y ni pretendo ni podría abordarlos todos. Pero los docentes (los que enseñan en las aulas) dicen que perdieron la batalla ante la autoridad educativa con los pedagogos (los que diseñan desde fuera de las aulas lo que ha de enseñarse y cómo en ellas), y que éstos y los psicólogos promovieron un igualitarismo en las clases que fue cercenando toda idea de control y de disciplina mínimas.
Antes la figura del docente era prácticamente sagrada, estaba llena de reconocimiento social como ninguna otra, y eso cambió, aunque sigue así en países como Finlandia, a la cabeza en el ranking educativo. Como cambió el que surgiera una nueva estirpe de profesionales de la educación que diseñaban lo que aquellos tenían que hacer en las aulas. Pronto surgieron discrepancias y encontronazos, pero los segundos le ganaron la batalla a los primeros. No es raro que esto ocurriera así, porque los padres de los niños y jóvenes que fracasan hoy día pertenecen a la última generación que soportó cierta disciplina tanto en las aulas como en las casas. Vamos, que tales padres no salían los viernes a las 11 ó 12 de la noche, después de cenar, para regresar tras tomarse los churros –como tan frecuentemente pasa en la actualidad con jóvenes y adolescentes-, sino que a esa hora solían volver a sus domicilios. Tampoco esos padres cuando eran alumnos tuteaban a los profesores y, en caso de algún acto de indisciplina, se encontraban expulsados durante la hora de clase con toda normalidad más el añadido “Y dile a tus padres que vengan a hablar conmigo…”, lo que solía provocar entonces una honda preocupación en los chavales de esa época, frente a la indiferencia con la que lo escuchan los de ahora.
Algunos soportan tan poca carga de frustración que abrazaron las tesis de tales pedagogos promotores del igualitarismo en las aulas, el cual ha demostrado ser absolutamente perverso. Porque si se predica que el profesor es igual al alumno y el alumno –el hijo de cualquiera-- podemos decir que es inferior a su padre porque éste tiene potestad sobre él, el silogismo paterno acaba con la conclusión: “Yo soy superior al profesor”… De ahí, a la pérdida del respeto por los docentes, a que cayeran en picado en la consideración social hasta haber ocurrido amenazas y hasta agresiones a los profesores también por parte de algunos padres, sólo hay un paso… Pero hay más: la perversión se manifiesta también en sentido contrario; de este modo, recibiendo el alumno el mensaje de ser “igual” al profesor, como quiera que sus padres y éste suelen ser de la misma edad y supuestamente están revestidos de la misma autoridad social para ellos, el niño, que ya hemos dicho que es igual a su educador según esas tesis, automáticamente se equipara también a sus progenitores. Y claro, ya tenemos trasladado el problema a casa… A ver quién les controla entonces…
Si a esto le añadimos cierta deshumanización generalizada de la vida actual, que hace que muchos hayan abandonado la lectura y otras formas de cultura para distraerse con programas “soma” (en terminología de Aldous Huxley) que no les hacen pensar lo más mínimo y sí que satisfacen algunas de sus pasiones menos recomendables, encontraremos el caldo de cultivo adecuado para explicar situaciones como la vivida por esa maestra, y otras por desgracia mucho más graves.
Tales pedagogos (o “super-pedagogos”, que son a los que me refiero y no a los que ejercen la pedagogía en nuestros colegios), parece que en su juventud no vieron filmes como “Rebelión en las Aulas” (1967) protagonizado por Sidney Poitier, donde se reflejaba ante todo el fracaso del sistema docente anglosajón. Sistema que ellos se apresuraron a copiar para nuestro país, sustituyéndolo por el francés, dándose lugar a una estrepitosa bajada del nivel educativo y a escenas poco recomendables, como la plasmada en cierta foto que se hicieron unas muchachas y sus padres nada menos que con Obama y su santa, en la que las chicas parecían salidas de la “noche de Halloween”.
Ahora ha habido otro repunte de ese sistema educativo anglosajón que nos empeñamos en imitar; lo recoge el Diario Público con el siguiente titular: “Buzz Lightyear fue el primero en llegar a la Luna”, según se ha constatado que creen un buen número de escolares británicos. La noticia se comenta sola…
En este mismo sentido, alguna opinión hemos leído sobre la bondad de la entrega de ordenadores a los niños de los últimos cursos de primaria. No puedo estar más en desacuerdo. Eso sirve únicamente para remachar que los jóvenes no sepan buscar una palabra en un diccionario-libro y se vuelvan más dependientes de la informática y la electrónica, abandonando ya toda posibilidad de recuperar el hábito de la lectura, que en poco tiempo quedará constreñida a la de libro electrónico. Y eso, con suerte. Ah, y pobre de aquél que contradiga la visión políticamente correcta de estos super-pedagogos, pues ya saldrá a la palestra el profesional de turno para recordarle al padre discutidor que hasta no hace mucho había suicidios infantiles por el fracaso escolar, lo cual impacta muchísimo en los progenitores… Pero si se les pregunta a estos mismos pedagogos, poco acostumbrados a que se pongan en entredicho sus conclusiones, por los porcentajes en que el fracaso escolar era consecuencia de algún trastorno depresivo, auditivo o del lenguaje inestudiados en aquella época, se extrañan y se encogen de hombros. Y no digamos si se les inquiere, por ejemplo, por cómo explican ellos que hubiera menos suicidios infantiles en el año 1976 (1’02 por cada 100.000 mayores de 12 y menores de 20 años, según el INE) que en el año 1987 y en los años siguientes (el 4’78 por 100.000 en la misma franja de edad, también según el INE), cuando está fuera de toda duda que el sistema educativo y los usos familiares de la segunda época eran más blandos y menos exigentes que los de la primera. No saben y no contestan. Bueno sí, lanzan balones fuera. Dicen –de repente- que ése es un tema muy complejo, etc., etc., o introducen el tema de que los niños ahora están más abandonados en casa por el trabajo de los padres fuera del hogar. O sea, cambian de tema para no dejar de llevar el agua a su molino, que es como decir para no dejar de llevar razón, cosa que les importa mucho por algún problema de autoestima que tienen de forma más o menos generalizada.
La pregunta, entonces, es: ¿Se puede hacer algo a corto plazo para cambiar esto? Me temo que no. A medio o largo plazo cambiará por sí mismo, por la propia necesidad que tiene la sociedad de que sus miembros contribuyan con algo positivo evitando el parasitismo; o bien por simple movimiento pendular, pues a un periodo de laxitud le sucederá otro de mayor rigor. Pero por ahora, de momento, no. Nos quedan aún unos años de seguir haciéndoles la vida fácil a los menores; bajarles aún más el nivel educativo y permitirles pasar de curso con más suspensos y menos esfuerzo, digan los Informes PISA lo que quieran. Mimarlos más, en definitiva, sin nada a cambio, en un mundo excesivamente lúdico. La solución pasará, a la fuerza, por ese movimiento pendular, más o menos traumático, que tendrá que producirse para sostener los hitos mínimos de la sociedad actual.
Mientras tanto, como dice ese artículo, Buzz Lightyear seguirá siendo el primer hombre que puso el pie en la Luna; Newton descubrió el fuego; Einstein será el hermano de Frankestein, y el planeta más alejado de la Tierra será la “Estrella de la Muerte” de Dark Vader, por supuesto… Es para pensar que lo que de verdad tenemos por modelo educativo es poco menos que una fábrica de ignorantes.
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