Una de las noticias más comentadas y repetidas en las últimas semanas, es sin duda la promulgación de la “nueva ortografía”, resultado del consenso de la RAE y de las 21 academias latinoamericanas restantes. El idioma, cualquier idioma, también el castellano o español, es algo vivo y mutable. Sobre todo influenciable, y así, no pocos neologismos o extranjerismos terminan incorporándose al diccionario con o sin adaptación fonética o gráfica, generalmente con ella, como ocurre con “güisqui” (whisky) o ahora “pirsin” (piercing).
Otra cosa es la ortografía, las reglas de la correcta escritura. Algún cambio esporádico es normal que necesite, sobre todo por la influencia de las academias latinoamericanas. Pero esta influencia es más en cuanto al léxico y consiguiente incorporación de nuevas palabras, que estrictamente por cuestiones ortográficas lo que sólo se puede decir que ocurra de manera infrecuente, por no decir esporádica.
Pero la nueva ortografía ha recogido tantos comentarios en contra, que la RAE se ha apresurado a decir que no es una norma impuesta, sino una mera propuesta. Sin embargo, emplear un texto de más de ochocientas páginas cuya elaboración ha llevado varios años, y que el resultado final se quede en una mera propuesta, parece excesivo. Y sobre todo, tal resultado tiene multitud de decisiones harto discutibles. Es lo que pasa, por ejemplo con la eliminación de la tilde en los pronombres demostrativos para distinguirlos de los adjetivos del mismo tipo, por mucho que digan que ya lo propusieron en 1959. O la misma eliminación de la tilde en palabras como sólo como sinónimo de solamente frente al solo adjetivo (único). A nadie se le escapa que con soluciones de ese tipo, se va a generar una confusión no pequeña en el uso del lenguaje escrito, toda vez que esas tildes perseguían diferenciar unas palabras de otras mediante la introducción de un signo distintivo que ahora desaparece.
Dicen los académicos que se sabrá si la palabra solo es adverbio o adjetivo por el contexto, que no habrá tanto problema, y es posible que con el paso del tiempo nos acostumbremos al cambio, pero ahora habrá multitud de ocasiones en que se genere ambigüedad y confusión. Igual refieren de los pronombres y adjetivos demostrativos: éste, ése, aquél y sus femeninos perderán la tilde cuando se utilicen como pronombres y se escribirán exactamente igual que los adjetivos demostrativos que acompañan al sustantivo). La tilde estaba justificada no sólo por la diferenciación que se conseguía, sino también porque en la práctica –si la práctica lingüística era buena-, la entonación de la letra acentuada en los pronombres era distinta (superior o más intensa) a la de los adjetivos.
Dicen los académicos que se sabrá si la palabra solo es adverbio o adjetivo por el contexto, que no habrá tanto problema, y es posible que con el paso del tiempo nos acostumbremos al cambio, pero ahora habrá multitud de ocasiones en que se genere ambigüedad y confusión. Igual refieren de los pronombres y adjetivos demostrativos: éste, ése, aquél y sus femeninos perderán la tilde cuando se utilicen como pronombres y se escribirán exactamente igual que los adjetivos demostrativos que acompañan al sustantivo). La tilde estaba justificada no sólo por la diferenciación que se conseguía, sino también porque en la práctica –si la práctica lingüística era buena-, la entonación de la letra acentuada en los pronombres era distinta (superior o más intensa) a la de los adjetivos.
Algo diferente, pero no mejor, ocurre con la desaparición de las letras ch y ll: se va a dar la incongruencia de que conservaremos los fonemas (o sea, seguiremos pronunciando “che” y “elle”) pero no habrá ya sus correspondientes grafías, las letras que ahora tan arbitrariamente se suprimen. Eso por no hablar del peligro que a partir de ahora corre la ñ, seguramente la próxima víctima de esta tendencia simplificadora. Sin embargo, nos crean una letra nueva, la ye que sustituye a la y griega. Pero aquí hay que reconocer que el cambio coincidía con el iter natural en la creación de consonantes, ése que adivinan casi siempre los niños pequeños cuando empiezan con la lectoescritura colocando a menudo una e final tras la consonante para enunciar ésta (y así a la f no la llaman “efe” sino “fe”, por ejemplo), y del que se apartan cuando tienen que aprender que la h es “hache” o la misma y era “y griega”.
Otro aspecto novedoso de la reforma ocurre con sustantivos que eran nombres comunes y, sin embargo, se escribían con mayúscula, como ocurría con Papa (pontífice) y con Rey (monarca). Me temo que vamos a volver a la confusión antes apuntada. El problema ocurrirá sobre todo si “papá” (padre) pierde la tilde, como ha ocurrido ahora con guion por ejemplo, y entonces la grafía vuelve a ser la misma para una palabra y otra con tan diferentes significados; pero el problema surge ya con la segunda acepción de la palabra papa según el diccionario de la RAE (patata). O sea, hoy en día, no hay diferencia alguna entre el tubérculo y el pontífice.
Lo mismo ocurre con "rey”, que cuando se utilizaba como atributo del monarca era con mayúscula, reservándose la minúscula para el uso cotidiano, y ahora se iguala por abajo. Se dirá que el contexto permitiría discernir un significado y otro, pero dependerá no poco de la capacidad intelectiva de escritor y lector. Creo que mejor habría sido dejar las cosas como estaban, porque estaban bien.
Lo mismo ocurre con "rey”, que cuando se utilizaba como atributo del monarca era con mayúscula, reservándose la minúscula para el uso cotidiano, y ahora se iguala por abajo. Se dirá que el contexto permitiría discernir un significado y otro, pero dependerá no poco de la capacidad intelectiva de escritor y lector. Creo que mejor habría sido dejar las cosas como estaban, porque estaban bien.
Dudo que la reforma aguante el paso de los años. Es más, pienso que ocurrirá lo mismo que con aquella que se puso en marcha en los años setenta. Algunos la recordarán. Me refiero a la posibilidad que dio la Academia de escribir sólo con “s” las palabras que antes empezaban con “ps”, tales como “psique” o “psicólogo”, las cuales durante un tiempo pudieron escribirse “sique” o “sicólogo”: perdieron la “p”. Aquel dislate finalizó cuando alguien reparó en que “sique” o “sicólogo” procedían de la raíz latina “sicus”, que significa higo. De modo y manera que, si antes de la transformación un psicólogo era el especialista en psicología o bien una “persona dotada de especial penetración para el conocimiento del carácter y la intimidad de las personas” (segunda acepción), de repente pasó a ser un “especialista en higos”, digámoslo así.
Tengo el mayor respeto por lingüistas y literatos, si no admiración. Pero creo que se han equivocado con casi todas las modificaciones que han puesto en marcha, aun como propuesta. Si no, al tiempo.

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