Desde hace un tiempo viene discutiéndose sobre la aparentemente difícil convivencia entre la llamada propiedad intelectual y el libre y gratuito acceso a ella merced a las nuevas tecnologías.
Bienes y derechos vendibles hay muchos en el comercio de los hombres, como dicen los juristas. Desde cereales, frutas y verduras hasta pisos, casas y automóviles, pasando por derechos de uso, arrendamiento o usufructo de cualquier bien principal. No parecía que debiera haber habido demasiados problemas para tratar con las llamadas propiedades especiales, que son dos: la intelectual y la industrial.
A estas alturas, con Internet o sin él, de momento nadie discute que la propiedad industrial (lo que se conoce como patentes) tenga un valor y una protección determinados por el ordenamiento jurídico. Un problema menos, podríamos decir.
Pero no ocurre igual con la propiedad intelectual: con la literatura (o su expresión comercial: el libro), la música (id.: discos), el cine (Id.: la película en cualquier soporte). Por algún motivo, sólo evidente para sus detractores, la propiedad intelectual no es que sea especial, es que ha de ser especialísima, y por tanto no debe gozar apenas ni de valor ni de protección por las leyes. Se diría que como el intelecto es inmaterial, su resultado ha de quedar reducido a mero divertimento por parte del creador, divertimento que lógicamente no ha de ser remunerado en forma alguna.
Eso estaría bien si cada uno con su intelecto, mayor o menor, creara su propia obra (literaria, musical o de otra índole) para su autoconsumo, renunciando a obtener satisfacción a través de las obras creadas por otros (los autores). Pero no debe estar tan claro, si constatamos que nuestro intelecto no da para tanto y acudimos para nuestra satisfacción a la obra de los demás.
Con independencia de que haya muchos escritores o músicos sin pretensiones comerciales, no por nada sino porque la naturaleza no les dio suficiente talento para ello, parece tan lógico como obvio que quien quiere algo de otro ha de pagarlo. Sea esto material o inmaterial, común como un kilo de tomates o especial como un disco de música clásica.
Pero esa obviedad se ha puesto en entredicho en los últimos meses, o a lo sumo en los últimos tres o cuatro años, de resultas de que la tecnología ha conseguido --con la generalización de Internet y el abaratamiento del servicio por las compañías telefónicas— que cualquiera sin el necesario talento intelectual de que hablábamos pueda tener a su disposición las obras creadas por otros, las cuales no vieron la luz exclusivamente para su satisfacción y divertimento sino con el fin de conseguir una legítima remuneración por su formación y esfuerzo.
Los argumentos que ponen en entredicho esa legítima remuneración son en ocasiones bastante peregrinos:
1º) Por algunos, los más generosos según ellos, no se discute el derecho a percibir honorarios por –por ejemplo- la actuación musical en un concierto determinado, pero sí por la venta del disco con el contenido de ese concierto o el que fuere. O en el caso de los actores, por cada actuación teatral. No explican en el caso de estos últimos qué pasa con los actores de cine -cómo deben de cobrar-, pues la película es un producto creado para la copia y exhibición; pero bueno, ellos no tienen que tener respuesta para todos. Otros, los más radicales, llegan al extremo de considerar que ni por tales actos (conciertos o representaciones teatrales) deben de cobrar, pues la propia satisfacción de la expresión artística ya es suficiente recompensa (habría que preguntarles a estos últimos a qué se dedican y por qué no lo hacen por amor al arte).
2º) Sin embargo, para ambos grupos, el problema principal estriba en obtener un rendimiento extra de o por la copia de la actuación artística. Se diría que hay algún tipo de problema es aceptar que el consigue cierto éxito en su carrera musical, abandonando otras alternativas profesionales, tenga que ver limitadas sus posibilidades de ingresos económicos; problema éste que no se ve en otros profesionales, como los de la medicina o el derecho que consiguen también ese cierto éxito y a los cuales no se les obliga a dejar de obtener unos ingresos extra por conferencias o por publicaciones. Tanto en la profesión artística como en las no artísticas –o en algunas de éstas-, existe la posibilidad de obtener remuneración por más de una vía o forma, sin que a priori haya que criminalizar ninguna, como se hace.
3º) A nadie se le escapa que profesiones adocenadas hay muchas, y que el que decide emprender algún tipo de carrera artística lo hace desde la mayor de las incertidumbres (salvo que sea ya hijo de artista…). No es infrecuente –o no lo era antes- que el aspirante a artista, a ganarse la vida con su música o su creación literaria, tuviera que renunciar a profesiones más acomodadas. Justo es que, como compensación, aquél o aquellos que consigan cierto éxito, puedan obtener una remuneración que siga haciendo atractiva a otros esa carrera artística, que de otro modo se extinguiría. O eso nos parece a algunos.
4º) Por algún motivo, el derecho al ocio sin límite se ha convertido en nuestros días en un derecho fundamental, como si del derecho a la libertad o a la vida se tratara. O sea, un derecho apenas sin restricción, en línea con la posibilidad tecnológica de disfrutar de él, que es también casi ilimitada. Dicho de otro modo, quien tiene para comprarse un ordenador mediano de 600 u 800 € y abonar la cuota de acceso a Internet, por algún motivo sólo evidente para él, cree que puede tener acceso ilimitado a todo lo que por esa vía pueda conseguir. ¿No paga la cuota de conexión? ¿No es suyo el ordenador? Pues con ello paga también la posibilidad de descargarse música, conciertos enteros, o películas sin límite. A algunos habría que recordarles que no, que lo que pacten las compañías telefónicas con el cliente para el suministro del servicio adsl, no afecta también al derecho de terceros (los artistas creadores, en este caso), salvo si los terceros plasman su firma también al pie de ese contrato, lo que no es el caso.
5º) Lógicamente, en este contexto, el artista o creador sin el cual no existiría la posibilidad de obtener la obra que se quiere disfrutar, no tiene ningún derecho a réplica ni a compensación económica, pues la copia es individual y no comercial –dicen-. Esto es, para muchos esa copia individual ha de ser absolutamente gratuita, como antaño lo fue la cinta magnetofónica o cassette, ya digo que sin limitaciones de ninguna clase. Es decir, que si se encuentran en Internet la posibilidad de descargarse una película o un disco de estreno, se produce la descarga y ya está. No ven obstáculo legal ni ético pues, recuérdese, ellos han pagado el ordenador y pagan la cuota mensual de acceso a Internet (como si en este contrato fuese contenido aquel derecho).
6º) El grupo aludido no recuerda ya –por olvido interesado- o no puede recordar –por exceso de juventud-, que también antes se producían copias ilegales de cassettes para el comercio, que eran consideradas delictivas y se decomisaban. Por algún motivo, sólo evidente para ellos, las copias en CD o DVD generadas hoy en día con el mismo fin no tienen que seguir idéntica suerte.
7º) Antes y ahora había delincuentes que se dedicaban a realizar copiar ilegales para venderlas más baratas, por debajo del precio comercial. Ahora se introduce una novedad, y es que la propia venta de la copia ilegal se produce por otra vía también ilegal, que es la web-pirata, vamos a llamarla así.
8º) Estas webs-pirata no consiguen sus beneficios del aire, ni se dedican a la filantropía, como algunos parecen decir. En el mejor de los casos se nutren con la publicidad de la página que es multivisitada por los hambrientos del ocio gratis. En el peor, además piden una cuota por descargarse el disco o la película que sea. Son estas webs-pirata las que con un régimen legal adecuado, se cerrarían, y por ese motivo los autodenominados internautas han puesto el grito en el cielo, o más arriba aún, siendo escuchado por todos los partidos políticos que en claro ejemplo de cobardía han dado la razón al colectivo quejoso, pues saben los partidos políticos que con el pan y el circo no se juega…
9º) Estas webs-pirata están en contacto con defraudadores profesionales que consiguen la copia inicial directamente de la fuente original. Si se trata de película, pagan su entrada al cine llevando oculta su cámara de video y se pasan las dos horas de la película grabando. Luego, se hacen copias en CD o DVDs directamente, y/o se transmiten vía web-pirata. Por algún motivo, sólo evidente para los adoradores de ese becerro de oro que es el derecho de ocio sin límites, esta conducta no debe ser punible, pues evita la posibilidad de que ellos posteriormente puedan conseguir la grabación gratis o a un precio bien módico.
10º) Los del grupo pro-ocio infinito vía Internet se apresuran, y en esto tienen razón, a decir que sobre todo discos y películas, cuando se adquieren por el conducto comercial reglamentario, tienen unos precios muy altos. Es cierto. Si algo ha conseguido Internet y la informática es relativizar, minorar diríamos, el precio real que debe pagarse por las copias. Antaño estaban disparadas de precio, y aun lo están si se trata de obtener en cualquier establecimiento al uso. Pero el tener razón parcial en algo no se la concede en todo lo demás. Y desde luego, ahora, con la extensión del pirateo, hemos pasado de un extremo al otro, en el que la copia tiene un valor próximo a cero, por muy reciente que haya sido su puesta en circulación.
11º) Los del grupo aludido pro-ocio infinito vía Internet, no todos pero sí la mayor parte, tienen alguna actividad con la que consiguen cierta remuneración. Pongamos que son empleados de 8 a 3.00 de la tarde. O más fácil aún, imaginemos que son agricultores, y que en concreto cultivan tomates, por ejemplo, según se refirió antes. No sé si les haría alguna gracia que existiera cierta tecnología que permitiera copiar o clonar los tomates que producen y que, tras ello, acabaran como por arte de magia en el frigorífico de ciertos consumidores sin contraprestación alguna, quedándose ellos con los originales. No lo sé, pero sospecho que mucha gracia no les iba a hacer tener que el comérselos ellos (los originales). Pienso que incluso pondrían el grito en el cielo. Pues eso mismo es lo que ocurre aquí con los creadores y artistas: que hay una tecnología que permite conseguir una copia del producto final sin pago alguno a su creador y sí, si acaso, al delincuente y listillo de turno.
¿Se entenderá ya? ¿Se enterarán algunos ya de una vez?
Sospecho que no.

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