jueves, 16 de diciembre de 2010

Los avisos de Olot y Florida


            Dos sucesos luctuosos copan la realidad mediática, los dos con un mismo origen o causa: la desesperación laboral. En Olot, un trabajador de una empresa constructora la emprendió a tiros con sus dos jefes –padre e hijo- y tras ello, hizo otro tanto con dos empleados de banca. Se sabe que los empresarios le debían dinero, cinco mensualidades, y que lo iban a despedir después de 20 años con ellos porque –decían- no marchaba bien la empresa, e igualmente se sabe que le dieron como forma de pago final un cheque sin fondos que intentó cobrar en una Caja de Ahorros donde trabajaban los otros dos finados. Esto último, el impago del cheque por ese motivo, unido a la amenaza de embargo de su vivienda y la reclamación de una deuda por el uso de la tarjeta de crédito, terminaron de generar en el cerebro de Pere Puig, que así se llama el albañil de 57 años aficionado a la caza que obró de ese modo, la tormenta perfecta que engendró esa enorme ola de ira con el resultado ya sabido.

            Más lejos, allende nuestras fronteras, en la soleada Florida, ha ocurrido el segundo suceso de esta índole.   Clay Duke, un hombre de 56 años, uno menos que el anterior, se dirigió a la Junta Escolar del colegio donde trabajaba su esposa, recién despedida, armado con una pistola. Pintó una “V” de venganza amenazante en la pared al tiempo que pedía explicaciones por su despido y, al encontrarse con las evasivas de los miembros de la Junta, disparó contra ellos. Lo de menos es el resultado final de este segundo suceso, pues no hirió a nadie mientras que él resultó muerto. Lo importante es que, como en el crimen de Olot, la desesperación laboral ha empezado a desencadenar tragedias irremediables.

            Resulta curiosa la coincidencia de edad, hábitos y móviles entre los dos casos, lo que por supuesto constata una vez más que la naturaleza humana es una, y desde luego nada distinta a uno y otro lado del Atlántico. Pero lo que quizá llame más la atención sea la edad: los dos estaban ya en esos cincuenta y tantos años, que puede ser momento de declive físico importante y antesala de una vejez que se ve vivida en la indigencia. Y así, quienes tras toda una vida trabajando se ven al borde la pobreza extrema en un mundo despiadado e injusto que les reclama que paguen sus deudas pero que no cumple con ellos como es debido, pueden reaccionar de esa forma desesperada y criminal, no se olvide. Si tras toda una vida trabajando, se ven al borde de la indigencia y sin salida, como ha ocurrido, el crimen será una consecuencia tan deplorable como lógica. 
            Me temo que las víctimas de Olot han pagado culpas que no eran suyas exactamente. Los especuladores inmobiliarios generaron un empuje irreal de la construcción que ahora vive sus horas más bajas, donde empresarios venidos a menos intentan sobrevivir en un sentido más real que figurado. Los especuladores financieros promovieron la concesión de hipotecas y de préstamos a fin de ganar más y más, dejando de pantalla a cohortes de empleados de banca que han de lidiar a diario con personas desesperadas. Todos esos especuladores, unos y otros, son los que en realidad han apretado el gatillo en Olot. 

            Se haría bien en reflexionar cuántos crímenes más de esta clase sucederán aquí y allá. En el llamado “primer mundo”, la crisis se está cobrando nuevas víctimas, ejecutadas por otras víctimas de la propia crisis. Qué no ocurriría si alguna de estas víctimas armadas se toparan con algún responsable directo de ella y de su angustiosa situación económica; qué no pasaría si se dieran de bruces con algún ejecutivo de Wall Street o de la City londinense, de ésos que dictan a los gobiernos lo que tienen que hacer y lo que no… Sí, seguramente esos altos ejecutivos con cobran altísimos bonus terminarían sobre el frío mármol de una morgue. 

             Ojalá que no suceda lo que voy a decir, pero aquí en España la renta de subsistencia de 426 € llega a su fin, y ese dique contra la desesperación desaparecerá. Que a nadie extrañe que lo que pase después, engrose la crónica de sucesos.  

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